Alejarme del reloj
Nunca sabemos cuándo es el final, y aun así jugamos a desafiar al tiempo, guardándolo todo dentro nuestro, como si fuéramos para siempre.
Nunca sabemos cuándo es el final, pero el miedo nos inmoviliza y elegimos no arriesgarnos, creyendo que siempre habrá otra oportunidad, otro momento, un después; que la vida no pasa y que seguimos igual.
Nos creemos eternos en un mundo etéreo, intentando atrapar lo volátil y, con eso, crear conexión. Pero los días pasan… y el reloj no se detiene. No hay pausas, solo alarmas que nos despiertan de los sueños para recordarnos —demasiado tarde— lo lejos que quedamos de ellos.
Aun así, hay luz en esta reflexión: cuando tomamos conciencia, empezamos a alejarnos del reloj y, al silenciar sus agujas, dejamos que sea el corazón el que marque el ritmo.
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