Tinder
Lo volátil de lo vincular
Pretendemos conocer al otro en cinco fotos, elegirlos como avatares de algún videojuego y jugar a ver quién adivina primero las red flags para luego estar libre de culpas al ghostear.
Nos creemos mejores que quienes rechazamos y le damos like a quienes creemos merecer.
Con carencia de autenticidad y abundancia de apariencias, comenzamos a alimentar el fuego sin saber sostenerlo.
Inmersos en el individualismo, creyendo que en el otro nos perdemos, el vínculo que construimos se vuelve frágil, insostenible, volátil… y, cuando no lo es, nos encargamos de que así sea.
Navegamos entre perfiles, esperando encontrar un fuego mejor que alimentar, sin notar que, al descuidarlo, el nuestro se empieza a apagar hasta consumirse por completo.
Y así la rueda vuelve a girar, el algoritmo insiste en mostrar, perfiles con quienes matchear, fuegos que empezar y ciclos que repetir sin terminar.
Culpamos al otro por no conectar y, de paso, sus defectos remarcar, como si señalar fuera una forma de no mirarnos de verdad.
No es el otro, no soy yo, son las redes —que no saben enlazar— las que están afectando nuestra forma de vincular.
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