Certezas
¿Qué sentido tendría la vida si tuviéramos todas las certezas? ¿En busca de qué iríamos? Y ahora, ¿en busca de qué estamos yendo?
Buscamos certezas, pero no nos arriesgamos. Tenemos miedo y todo nos parece un montón. Buscamos certezas, pero encontramos miedos. Se nos pide tener certezas, pero no las tenemos. Nadie las tiene.
Solo el corazón, a veces, nos da indicios, señales que nos hacen sentir cosas que no se pueden explicar con palabras. Cosas que simplemente se sienten. Y se sienten tanto que, a veces, la razón intenta dispersarlas. Entonces empezamos a pensar desde el miedo, desde las dudas, y dejamos atrás esa emoción que, en un principio, nos había indicado el camino.
Si tan solo supiéramos que, muchas veces, es la emoción la que nos acerca a nuestras propias certezas. Que si nos dejáramos guiar por ella, quizás el camino sería más sencillo.
Fluiríamos por la vida como el agua de un río: a veces cambiando el curso, modificando el caudal o atravesando distintas corrientes, pero siempre avanzando.
Porque quizás no se trata de tener todas las respuestas antes de comenzar a caminar. Quizás se trata de confiar en aquello que sentimos, incluso cuando todavía no podemos ponerlo en palabras.
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